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jueves, 2 de agosto de 2018

Semana Del 6 Al 12 De Agosto De 2018 “Significado Del Aceite Como Símbolo Del Espíritu Santo”

Lectura Bíblica: 1 de Samuel Cap. 16, versiculos 11 al 13. Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son éstos todos tus hijos? Y él respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas. Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí. Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque éste es. Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David. Se levantó luego Samuel, y se volvió a Ramá.
   Comentario del contexto Bíblico: Después de hacerles pasar a todos sin resultado, pregunta Samuel si no hay otro. El v. 10 dice que eran siete. Da la impresión que con David eran ocho en total. Sin embargo dice 1 Crónicas 2:13–15 que eran siete en total. Puede que uno murió poco después o que los siete de referencia aquí en 1 Samuel 16 incluye anticipadamente a David también. Lo importante es que uno de estos hijos de Isaí sería el designado por Dios y que todavía no estaba presente. Samuel dice que no se sentarían hasta que llegara el más joven. La palabra “sentarse” (v. 11) quiere decir “dar la vuelta” o “rodear”. Quizás se refiere a la costumbre de rodear la mesa y en ese sentido sentarse para comer. Es más probable la sugerencia de algunos que proponen la idea de volver o seguir con otra cosa. Es decir, no podrían seguir con la cena o fiesta hasta que el más joven se presentara. Evidentemente el más joven no fue estimado y no se le daba lugar a la par de los mayores. A menudo fue dejado con las tareas más humildes. En este caso David se había quedado apacentando (pastoreando) las ovejas. Nunca se imaginaba que pronto sería el pastor de Israel y que el gran Hijo de David, el Señor Jesucristo, sería el cumplimiento cabal de este cuidado pastoral por todos los siglos. (Eze. 34:23).
David se describe como rubio, de ojos llamativos y bien parecido (v. 12). La palabra rubio o de tez sonrosada es lit. rojo. La palabra lat. es rufus. Sería algo inusitado ver en Israel a un pelirrojo, puesto que la mayoría tendría el pelo castaño. Llamaban también la atención sus ojos, cosa de frecuente comentario entre los judíos (ver Gén. 29:17; Cant. 5:12; Sal. 73:7 como 1 Sam. 14:27). Su buena presencia quiere decir lit. “de buen mirar”, es decir bueno para mirar. Todo esto llamaba la atención de Samuel pero no por eso le ungió, sino porque Dios había visto su corazón y era conforme al corazón suyo (Hech. 13:22).
Este ungimiento de David tomó lugar en privado. Fue ungido tres veces en total (2 Sam. 2:4; 5:3). Una vez en preparación, otra vez proclamado rey de Judá y al fin presentado como rey sobre todo Israel.
Jesucristo es el Ungido de Dios (palabra Mesías en heb.). El fue ungido para ser profeta durante su ministerio terrenal (Isa. 61:1), para ser sacerdote en su muerte, resurrección y ministerio actual (Mar. 14:8), y para ser rey en su reino milenario (Dan. 9:24). En el AT, los profetas, sacerdotes y reyes fueron ungidos para simbolizar la presencia del Espíritu Santo en sus vidas para poder ministrar. Así también Jesucristo, quien es el Ungido de Dios, comparte el simbolismo dándonos a entender que es el Señalado por Dios con poder para llevar a cabo su ministerio tripartidario.
Comentario 1: (Estudio de Doctrina Cristiana). El nombre Mesías, tanto en griego como en hebreo, significa “el ungido”, Is. 61:1-3; Lc. 4:14-18. La clave del significado del aceite como símbolo del Espíritu en 1 Samuel 16:13. El Espíritu Santo simbolizado por el aceite significa:
1. Investidura de dones para el ministerio. Is. 61:1; Hechos 10:38; 1 Cor. 12:7-11.
2. Otorgamiento de gracias para vivir, Salmo 23:5; Gálatas 5:22-23.
3. Sanidad para el cuerpo, Is. 1:6; Stgo 5:14.
4. Iluminación y revelación, Juan 16:12, 15; 1 Cor. 2:9-16; Efesios 1:17-18; 1Juan 2:20-27.

Comentario 2 de (CHARLES C. RYRIE) Un estudio completo de la tercera persona de la Trinidad y su obra en el creyente
El aceite (Lucas 4:18; Hechos 10:38; 2 Corintios 1:21; 1 Juan 2:20)
El aceite es tipo del Espíritu Santo porque así se le designó divinamente en el Antiguo Testamento. Con relación al ministerio del Espíritu Santo se prefiguran tres cosas:
l. La necesidad de la obra del Espíritu en la preparación para el ministerio está tipificada en el Antiguo Testamento por el ungimiento con aceite en la instalación de los sacerdotes (Ex.40:9-16; Lv. 8; Is. 61 :1-2; cp. Le. 4: 18). El ministerio del Espíritu es indispensable para un ministerio fructífero por parte del creyente hoy (Hch. 1 :8).
2. La única luz del tabernáculo la proporcionaba el aceite santo en la lámpara que iluminaba el lugar donde Dios era adorado, ese lugar cuyos detalles prefiguraban todos la obra de Cristo (Ex. 27:20-21). De igual modo hoy, es el Espíritu Santo el que proyecta el reflector sobre aquél que es la verdad, y es él quien glorifica a Cristo ante los ojos del cristiano (Jn. 16: 13-15; 1 Jn. 2:20).
3. El aceite se empleaba también para la purificación y la santificación de los sacerdotes y los leprosos (Lv. 8:30; 14:17). En forma semejante, el Espíritu santifica a los creyentes en el día de hoy.

1er Titulo:
Investidura (Unción) Para El Ejercicio Del Ministerio. (Isaías 61: 1-3.). El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya.
Comentario: El profeta, que antes se viera desprovisto de la capacidad para interceder (59:16), se vio de
pronto investido del poder del Espíritu de Dios para encarnar el mensaje de liberación para Sion (59:21; 61:1). Sus palabras en los vv. 1 y 2 fueron leídas por nuestro Señor Jesús en la sinagoga de Nazaret, para luego basar en ellas su testimonio mesiánico (ver Luc. 4:18 y 19). Las figuras literarias que describen el efecto o consecuencias del ministerio del profeta, se convierten en hechos concretos en la persona y ministerio de Jesús. No obstante, pasemos a considerar el sentido de las palabras del profeta a la luz de su mismo desempeño profético.
El profeta ha adquirido conciencia de su misión profética y se siente ungido por el Espíritu de Dios para anunciar las buenas nuevas de liberación a una comunidad sumida en la humillación y la desesperación de la pobreza (comp. Neh. 5:3), en la desilusión y desaliento o “quebranto de corazón” (comp. Neh. 5:1), de la esclavitud (comp. Neh. 5:5) y de la cárcel que constituye el perder la visión).
La meta de su ministerio profético es hacer resurgir la vida en medio del duelo nacional. La ceniza, que es señal de duelo, va a ser reemplazada por una diadema de gloria. Va a haber aceite de regocijo y manto de alabanza.
¿En qué reside la garantía de estas buenas nuevas? La respuesta fue dada en 60:21 y se repite aquí en el v. 3: Serán efectivas porque han sido destinadas para manifestar la gloria divina. Para Dios es un asunto de honor que la ruina y la desolación desaparezcan del país y que sean restauradas las ciudades destruidas
Conclusión: Cristo cumplió cabalmente con la misión del siervo ungido. Durante su vida dio las enseñanzas necesarias para la humanidad para tener una vida feliz y con propósito. Nos ofrece la oportunidad de disfrutar como uno de sus hijos espirituales. ¿No quieres aceptarlo hoy?

Definición del diccionario ilustrado de la Bíblia:Unción: En el mundo antiguo los aceites de la unción se consideraban artículos de tocador y, debido al clima, se usaban diariamente en Israel (Ec 9.8), al menos en la época posterior a la conquista (Rt 3.3; 2 S 12.20; Am 6.6; Miq 6.15). A los huéspedes se les ungía como símbolo de honor (Lc 7.46; cf. 2 Cr 28.15). No ungirse era señal de duelo (2 S 14.2) o de búsqueda espiritual (Dn 10.3; cf. 2 S 12.20). Para evitar las tentaciones de la hipocresía, el Señor Jesús enseñó a sus discípulos que no debían dejar de ungirse en tiempos de ayuno (Mt 6.17).
Desde tiempos muy antiguos se usó la unción con significado espiritual. En Israel esta costumbre se distinguía por el uso de un aceite especial prohibido para otras aplicaciones (Éx 30.22ss, ® Ungüentos). Con este aceite se ungían todos los objetos relacionados con el culto (Éx 30.26–29; cf. lo que Jacob hizo en Gn 28.18), a los sacerdotes (Éx 28.41), a los reyes (1 S 9.16; en Jue 9.8, 15 «elegir» corresponde a un verbo hebreo que quiere decir «ungir») y a los profetas (1 R 19.16b).
Sobre todo, la unción simbolizaba la consagración del ungido a Dios para una función particular dentro de los propósitos divinos. Esta consagración impartía algo de la santidad de Dios al ungido, condición que afectaba todo lo que él posteriormente tocara (por ejemplo, Éx 30.29). Esto se ve en la insistencia de David en no extender su mano contra Saúl, el «ungido de Jehová» (1 S 24.6), aunque el caso de Saúl enseña que los beneficios simbolizados por la unción no existen si la condición espiritual del ungido es mala. Estos beneficios, en el caso de personas ungidas, incluían el investirlas de poder suficiente para el desempeño de sus deberes (Sal 89.20ss), a través del Espíritu Santo (1 S 10.1, 6, 7; 16.13).
El uso figurado de la palabra unción se desarrolló poco a poco a partir de los días de David (1 Cr 16.22, donde «mis ungidos» son los patriarcas; Sal 23.5; 92.10) y a través de los profetas (Is 10.27; 61.1). En el Nuevo Testamento Jesús es el ungido por excelencia (Lc 4.18; Hch 4.27; 10.38), el ® Mesías, ungido por el Espíritu Santo el día de su bautismo con agua (Mt 3.16). Desde entonces todo lo hizo en su calidad de Ungido o Cristo (Lc 4.1, 14, 18; Mt 12.28; Heb 9.14; Hch 1.2) y no en su calidad de Segunda Persona de la Trinidad. El mismo Espíritu Santo unge a los creyentes (1 Jn 2.20, 27). Dios también sana físicamente por el poder del Espíritu Santo en respuesta a la oración de fe. Para la ayuda de la fe en tales casos se recomienda la unción con aceite (Stg 5.14ss; cf. Mc 6.13). 

2° Titulo:
Otorgamiento De Gracia Para Vivir (Salmo 23:5). Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
Comentario: Aquí la metáfora cambia; Dios es el anfitrión que suple alimento y abundancia de vida. El anfitrión era responsable por su invitado, aun para su protección contra enemigos. En presencia de mis adversarios indica que hay oposición y hay enemigos; pero todavía Dios nos da abundancia y bendición. Que lo hace en presencia de ellos sugiere la debilidad de ellos; no pueden impedirlo.
Unges… con aceite (v. 5) pinta un cuadro de alivio del tiempo seco. Algunos ostraca (escritos en pedazos de cerámica) de Samaria hablan de “aceite para lavar”. Era un deleite ser ungido con aceite cuando la piel estaba muy seca. En el NT Jesús nos da abundancia de vida y derrama sobre nosotros el Espíritu Santo (el aceite se usa como símbolo del Espíritu en algunos textos).
Mi copa está rebosando es un cuadro de gozo; la vida abundante se encuentra en Cristo, en la relación íntima con Dios. La palabra traducida rebosando da la idea de “saturada”. Copa también conlleva la idea de destino en escritos antiguos. Esto nos dirige al último versículo.
Nótese que cuando Dios es nuestro pastor y nuestro anfitrión, no tenemos que buscar el bien y la misericordia; más bien ellos nos “perseguirán”. La esperanza del salmista no termina con esta vida; su relación con Dios seguirá por días sin fin. La comunión con Dios no termina, es para siempre.

3er Titulo:
Sanidad Para El Cuerpo. (Santiago 5:14). ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. 
Comentario: Tómese nota de los siguientes comentarios:
a. “¿Está alguno de vosotros enfermo?” Santiago especifica qué quiso decir cuando habló de dificultades (v. 13). Se refiere a una enfermedad física de algún tipo. Es decir, alguien está debilitado físicamente por una enfermedad interna o externa y necesita urgentemente atención médica. ¿Qué debe hacer entonces la comunidad cristiana?
b. “Llamad a los ancianos de la iglesia”. La persona enferma misma u otros a pedido suyo deben llamar a los ancianos de la iglesia. El Nuevo Testamento registra el vocablo anciano (presbítero) poco después de la fundación de la iglesia en Pentecostés. En la iglesia de Jerusalén, los ancianos eran los representantes de los creyentes (Hch. 11:30; 21:18). Ellos eran los hombres que ejercían el liderazgo y la supervisión pastoral de la congregación que representaban (Hch. 20:28; 1 P. 5:1–4). En su primer viaje misionero, Pablo y Bernabé designaron ancianos en cada iglesia (Hch. 14:23), y Pablo le encargó a Tito la tarea de nombrar ancianos en cada población de Creta (Tito 1:5). Nótese que Santiago utiliza la palabra griega reunión (sinagoga) en 2:2 y aquí usa el término iglesia. Es obvio que estos dos términos son intercambiables en la epístola de Santiago
c. “Oren por él y le unjan con aceite en el nombre del Señor”. ¿Qué quiere decir esto? En primer lugar, en el original el énfasis principal [p 208] recae en la oración; el hecho de ungir con aceite es secundario con respecto a la oración. Esto es evidente si tomamos en cuenta el versículo siguiente, donde Santiago afirma el poder de la oración: “Y la oración ofrecida con fe sanará a la persona enferma” (v. 15). En segundo lugar, la Biblia enseña en varios lugares que el aceite de oliva tiene cualidades medicinales. Basta recordar al Samaritano que le aplicó aceite y vino al herido que estaba a la vera del camino a Jericó—el aceite calmaba y el vino era antiséptico (Lc. 10:34). Cuando los doce discípulos partieron en su primer viaje misionero, ellos “ungieron a mucha gente enferma con aceite y la sanaron” (Mt. 6:13). En la época y cultura de Santiago, el aceite de oliva se usaba habitualmente como medicina. En tercer lugar, el aceite tiene con frecuencia un significado simbólico en las Escrituras. Algunos intérpretes toman la palabra aceite junto con la frase en el nombre del Señor, y dicen que el aceite simboliza el poder sanador del Señor Jesús. Cuarto, las palabras de Santiago no deben interpretarse como un mandamiento apostólico para que se unja a los enfermos con aceite. Al contrario, en su ministerio curativo Jesús no recurrió a su uso. En el libro de Hechos los apóstoles curaron enfermos en numerosas ocasiones, pero sin usar aceite (3:6; 5:15–16; 9:34; 14:8–10; 16:18; 28:8–9). Lo que se enfatiza es la oración no el aceite.

Consideraciones prácticas acerca de 5:15
Estos bien conocidos versículos se encuentran entre los más descuidados y distorsionados hoy en día en la iglesia. En primer lugar, están descuidados. Cuando alguien se encuentra en dificultades, pronto se vuelca a la oración. Pero cuando alguien está contento, no le oímos cantar himnos de alabanza. Nuestra era tecnológica nos
ha rebasado y nos hemos transformado en una sociedad que escucha, en vez de un pueblo que canta. Y hay algo
más. Aunque los pastores hacen visitas regulares a los hospitales para confortar a los enfermos, la costumbre de
llamar a los ancianos de la iglesia para orar por el enfermo parece pertenecer a una época pasada. Una de las tareas de los ancianos de la iglesia es la de orar por los enfermos cuando son llamados a hacerlo; no obstante, esta tarea habitualmente se la adjudica al pastor.
En segundo lugar, estos versículos son frecuentemente mal interpretados. Mucha gente ha reclamado para sí
lo que se ha dado en llamar don de sanar (1 Co. 12:9, 28, 30) y por ello ofrecen oraciones con fe para sanar a los enfermos. Declaran que los versículos de la epístola de Santiago expresan con claridad que “la oración ofrecida con fe sanará a la persona enferma” (5:15). Nadie niega que Dios hace milagros de curación en la comunidad cristiana en respuesta a las oraciones de los santos. ¿Pero qué sucede cuando Dios no sana al enfermo? ¿Se debe a falta de fe? ¿Existe algún pecado inconfeso? Sí, pero no en todos los casos. Considérese el caso de Pablo, a quien se le había concedido el don de sanar. Parece no haber podido librar a su amigo Epafrodito de una prolongada enfermedad que casi lo lleva a la muerte (Fil. 2:27). Además, Pablo escribe: “Dejé a Trófimo enfermo en Mileto” (2 Ti. 4:20). ¿Por qué no oró Pablo a Dios con fe para que sus amigos fuesen curados instantáneamente? No cabe la menor duda de que Pablo haya orado, pero él había aprendido por experiencia propia, cuando pidió ser librado del aguijón el su carne, que Dios no siempre nos cura tal como nosotros lo deseamos. El oyó a Dios decirle: “Mi gracia te basta, ya que mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9).

4° Titulo:
Iluminación y Revelación. (1 de Juan 2:20 y 27). Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas; Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.

Comentario: En estos dos versículos (véase también 2:27) Juan enseña a sus lectores acerca de su unción. El comenta que los lectores tienen “una unción del Santo”. ¿Quién es el que unge? Pablo afirma que Dios unge a los creyentes (2 Co. 1:21; compárese también con Hch. 10:38). Pero en el contexto más amplio de esta epístola, Juan transmite la idea de que es el Hijo el que unge a los creyentes (véase la explicación del v. 27). Quizá debiéramos decir que Dios el Padre obra por medio del Hijo.
¿Qué es una unción? En los tiempos del Antiguo Testamento, los sacerdotes, los reyes y aun los profetas eran ungidos con aceite para marcar el comienzo de sus respectivos deberes. El aceite simbolizaba su consagración.
La palabra unción en este texto se refiere no sólo al aceite sino al contenido de la unción, que parece ser el Espíritu Santo. El Espíritu da testimonio del significado permanente de la acción de ungir. Los cristianos reciben el don del Espíritu Santo del Santo. ¿Quién es el Santo? En el Nuevo Testamento el Santo es Jesucristo (véase Mr. 1:24; Lc. 4:34; Jn. 6:69; Hch. 3:14).
“Y todos vosotros conocéis la verdad”. En esta cláusula notamos en primer lugar un problema de traducción. Los mejores manuscritos tienen “y todos vosotros conocéis”, en tanto que otros manuscritos tienen “vosotros conocéis todo”. Esta última lectura da la impresión de que, a causa del don del Espíritu Santo, los cristianos pueden saberlo todo. Esta no puede ser la intención de Juan, ya que en el próximo versículo (v. 21) él escribe: “vosotros … conocéis la verdad”. Por consiguiente, en base al contexto llegamos a la conclusión de que el objeto del conocimiento no es “todo”, ni “todas las cosas”, sino “la verdad”.
A continuación, notamos que el verbo griego oída (conocer) que aparece en este versículo y en el próximo no tiene que ver con un conocimiento adquirido sino con un conocimiento innato. Juan quiere señalar que El no está enseñándole a los lectores nuevas verdades, sino recordándoles lo que ya saben.
“No os escribo porque no conocéis la verdad”. Los lectores están totalmente familiarizados con la verdad en Jesucristo, de modo tal que Juan no necesita comunicarles el evangelio. Suponemos que Juan escribe estas palabras a los lectores para recordarles que a ellos no les falta la verdad. De hecho, tienen la capacidad de usar la verdad cuando se oponen a los maestros gnósticos que niegan que Jesús es el Cristo. ¿Escribe Juan esta epístola solamente para combatir el gnosticismo? No, él la escribe por las razones que se mencionan a continuación:
“Sino [que os escribo] porque le conocéis y porque ninguna mentira viene de la verdad” (bastardillas añadidas). Los lectores conocen la verdad y pueden detectar la mentira exponiéndola a la luz de la verdad. La verdad y la luz son lo opuesto de la mentira y de las tinieblas.
Bruce observa que unos veinte años después de que Juan escribiera esta epístola, el discípulo de Juan, Policarpo, que por ese entonces era obispo de la iglesia de Esmirna, envió una carta a los cristianos de Filipos y dijo:
“Porque todo aquel que no confiesa que Jesucristo ha venido en la carne es un anticristo”; y todo aquel que no confiese el testimonio de la cruz es del demonio: y cualquiera que pervierta a los oráculos del Señor para sus propios apetitos, y diga que no hay ni resurrección ni juicio—este hombre es el primogénito de Satanás.
El creyente ungido con el Espíritu Santo puede discernir la verdad del error, se opone a la herejía y rechaza los ataques de Satanás.

Versículo 27: En cuanto a vosotros, la unción que recibisteis de él permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero dado que su unción os enseña acerca de todas las cosas y que su unción es verdadera y no falsa—permaneced en él tal como ésta os ha enseñado.
Como es característico en él, Juan comienza y concluye sus pensamientos con las mismas palabras, a efectos de que el pasaje que va de los versículos 20 al 27 aparezca como una observación parentética.
a. “Os escribo estas cosas”. Las palabras estas cosas se refieren a los versículos precedentes (vv. 21– 25), donde Juan escribe que los creyentes no son ignorantes sino que conocen la verdad, reconocen al Hijo y permanecen en él y en el Padre. Ellos deben tener bien en claro que hay personas que están tratando de extraviarlos del camino de la verdad de la Palabra de Dios. Deben oír las palabras que dijo Jesús “Estad atentos de que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: ‘Yo soy el Cristo’, y engañarán a muchos” (Mt. 24:4–5). Ellos no han sido engañados todavía, pero deben estar listos para presentar una batalla espiritual contra los engañadores, y a exponer sus mentiras.
b. “La unción que recibisteis de él permanece en vosotros”. Una vez más, Juan habla directamente a los lectores cuando dice: “En cuanto a vosotros” (compárese con v. 24). Le está hablando a los creyentes, no a los engañadores. Por consiguiente, él demanda la atención total de sus lectores. Juan menciona “la unción”, un tema que ya ha dado a conocer anteriormente (v. 20). Parece querer dar a entender que los lectores recibieron el don del espíritu Santo, es decir, su unción (véase la explicación del v. 20), en el momento de su conversión. Esta es entonces una posesión que recibieron de Jesucristo y que permanece con ellos (2 Co. 1:21–22). Quien concede el Espíritu Santo puede ser el Padre o el Hijo. No obstante, el contexto, especialmente los versículos 25 y 28, apuntan más al Hijo y no tanto al Padre.
c. “No necesitáis que nadie os enseñe”. Estas palabras nos hacen recordar la profecía de Jeremías: “Ya no enseñará el hombre a su prójimo, o un hombre a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor, porque todos ellos me conocerán, desde el menor hasta el mayor’, declara el Señor” (Jer. 31:34; Heb. 8:11). ¿Estará dando a entender Juan que la unción con el Espíritu Santo hace superflua la instrucción acerca del conocimiento bíblico? ¡Por supuesto que no! En las palabras de la Gran Comisión, Jesús instruye a los apóstoles (y, por ende, a todos aquellos que proclaman la Palabra) a enseñar le a los discípulos todo lo que Jesús ha mandado (Mt. 28:20). La predicación eficaz de la Palabra, la enseñanza que se brinda en la escuela dominical o en la clase de catecismo y la lectura diaria de las Escrituras,—todas estas cosas son necesarias para el crecimiento espiritual del cristiano. ¿Pero qué está diciendo entonces Juan? Los creyentes no tienen entonces necesidad de engañadores que traten de enseñarles falsas doctrinas. Ellos ya tienen el don del Espíritu Santo que los lleva a toda verdad (Jn. 16:13).
d. “Su unción nos enseña acerca de todas las cosas”. En otras palabras, el Espíritu de Cristo enseñará al creyente todas las cosas (Jn. 14:26) y lo guiará para que sepa distinguir entre la verdad y el error. Todos los creyentes reciben el Espíritu Santo y todos ellos están igualmente equipados para oponerse a aquellos maestros que proclaman la mentira en vez de la verdad.
Este texto enseña la igualdad fundamental de todos los creyentes. O sea que los creyentes no tienen que consultar con eruditos profesores de teología antes de poder aceptar la verdad de Dios; ante los ojos de Dios, los clérigos y los laicos son iguales. El Espíritu Santo es el maestro de cada creyente, sin distinción. Dentro del marco de la iglesia, los creyentes pueden aprender unos de otros a medida que cada uno es participante de la unción del Espíritu.
e. “Permaneced en él, tal como ésta os ha enseñado”. Aparentemente la palabra esta se refiere a la unción y es equivalente a la frase la enseñanza del Espíritu en la siguiente traducción: “Obedeced entonces la enseñanza del Espíritu, y permaneced en unión con Cristo” (GNB). Si Cristo es el sujeto del verbo ha enseñado, la traducción entones es: “Tal como él os ha enseñado, entonces, permaneced en él” (NEB). Sin embargo la expresión tal como enfatiza el correspondiente “ya que” del principio de la oración. Dado que al principio el sujeto es “la unción” (el Espíritu Santo), no parece haber razón que obligue a cambiarla en la segunda parte.
El eje de la oración, sin embargo, está en las últimas tres palabras que constituyen un mandamiento de tener comunión con Cristo. La exhortación es directa: “Permaneced en él”. Si tenemos en cuenta la referencia de Juan al regreso de Cristo (v. 28), las palabras en él se relacionan con Jesucristo.

Consideraciones doctrinales acerca de 2:27
Un incontable número de personas obtiene el conocimiento de la salvación por medio de la lectura de las Escrituras. Guiados por el Espíritu Santo son llevados a Jesucristo y lo aceptan por la fe. Después de aceptar a Cristo como Salvador, son bautizados en el nombre del Trino Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sin embargo aun antes de su bautismo, cuando llegaron primeramente a la conversión, ellos ya habían experimentado la unción del Espíritu.
Por medio de Cristo Dios da su Espíritu Santo al creyente, pero el creyente a su vez debe permanecer en Cristo. La providencia divina tiene su contrapartida en la responsabilidad humana. Dios da su Espíritu para enseñarle al creyente todas las cosas necesarias para la salvación, pero Dios también espera que el cristiano permanezca en Cristo de tal modo que pueda mantener comunión constante con el Padre y el Hijo.

Texto: Joel 2:19.Responderá Jehová, y dirá a su pueblo: He aquí yo os envío pan, mosto y aceite, y seréis saciados de ellos; y nunca más os pondré en oprobio entre las naciones. 
La respuesta de Dios es positiva, promete proveerles lo necesario para su subsistencia: seréis saciados. También extiende la promesa de protegerlos: Nunca más os entregaré como afrenta en medio de las naciones.



Amén, para la gloria de Dios

sábado, 14 de julio de 2018

Semana Del 16 Al 22 De Julio De 2018 “Representación Del Espíritu Santo En El Símbolo Del Fuego”

Expositor Bíblico de la juventud 2018

Lectura Bíblica: Los Hechos Cap. 2, versículos 1 al 4. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

Comentario: Introducción: Aunque Hechos es un libro histórico, Lucas omite referencias a fechas exactas. Generalmente, los estudiosos están de acuerdo en que en la cronología de Hechos la fiesta de Pentecostés del año 30 d.C. fue celebrada la última semana de mayo. La palabra Pentecostés deriva de una palabra griega que significa “quincuagésimo”. Los judíos celebraban Pentecostés como la Fiesta de las Semanas el quincuagésimo día después de la Pascua (Lv. 23:15–16; Dt. 16:9–12). También se le llamaba la Fiesta de la Cosecha (Ex. 23:16). Los judíos consideraban Pentecostés el festival de la cosecha, tiempo en que presentaban los primeros frutos de la cosecha de trigo (Nm. 28:26). Después de la destrucción del templo en el año 70 d.C. cambiaron este festival para conmemorar el día cuando recibieron el Decálogo en el Monte Sinaí. Se basaban para ello en la referencia cronológica de Éxodo 19:1. Presumiblemente los judíos actuaron en reacción a la observancia cristiana de Pentecostés.
Versic 1. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un lugar.
En respuesta a la orden de Jesús (1:4), los apóstoles esperan el don del Espíritu Santo pacientemente y en
oración en Jerusalén. El texto griego comienza con la palabra y; esto indica que el acontecimiento de Pentecostés está estrechamente ligado con la ascensión de Jesús. Una traducción literal del texto griego dice: “Cuando el día de Pentecostés se hubo cumplido”. Es decir, cuando se llegó al día número cincuenta, el período de espera se completó. Para los apóstoles, una nueva era comenzaba.
¿Cuántas personas estaban reunidas el día de Pentecostés? Nosotros suponemos que en los 120 estaban incluidos todos los creyentes (1:15). Sin embargo, hay algunas objeciones a esta interpretación. El último versículo del capítulo anterior (1:26) menciona a los apóstoles; en el capítulo dos, no son los 120 sino que el centro de la atención está ocupado por Pedro y los Once (v. 14); y en la conclusión del sermón de Pedro la multitud se dirige a los apóstoles y no a los 120 (v. 37). Por el otro lado, no podemos limitar el adjetivo todos a los doce apóstoles cuando el contexto del capítulo precedente enfatiza la armonía cristiana como un elemento básico. Por lo tanto, interpretamos el adjetivo de tal modo de incluir a todos los creyentes mencionados en el capítulo anterior.
¿Dónde estaban los creyentes? Lucas es bastante parco al decir que estaban “en un lugar”. Si suponemos que ese lugar era el aposento alto (1:13), tendríamos que preguntarnos si aquel cuarto podría acomodar a 120 personas. Pero Lucas dice que ellos estaban sentados en una casa (v. 2) y no en las cercanías del templo. Tenemos que admitir que es difícil lograr certeza al respecto, pero nos inclinamos a pensar que el lugar de reunión estaba cerca del templo, donde los apóstoles regularmente adoraban a Dios (c.f. Lc. 24:53).
Versic. 2. Y de repente vino del cielo un ruido como de un viento fuerte que soplaba y llenó toda la casa donde estaban sentados. 3. Y se les aparecieron lenguas como de fuego que se dividieron y reposaron sobre cada uno de ellos. 4. Fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba capacidad.
Nótese los siguientes tres puntos:
a. El viento. En horas de la mañana del día de Pentecostés, de pronto la gente escucha el sonido de un fuerte viento que soplaba desde los cielos. Un aspecto importante en la venida del Espíritu Santo es lo repentino de su aparición. Aunque, tal como fueron instruidos, los discípulos se quedan en Jerusalén precisamente esperando el derramamiento del Espíritu, su repentina manifestación sorprende a todos. Los creyentes en Cristo experimentarán idéntica situación cuando de pronto Jesús regrese. No obstante las señales de los tiempos, Jesús
dijo a los suyos que su regreso será sorprendente e inesperado.
Lucas dice que hay sonido como de un viento fuerte al soplar. El no dice que el viento mismo haya estado
produciendo los efectos por todos conocidos. Leyendo otra parte de las Escrituras sabemos que tanto en el hebreo como en el griego es una y la misma palabra la que representa el doble significado de viento y espíritu (Ez. 37:9, 14; Jn. 3:8). Nosotros oímos y sentimos el efecto del viento pero no podemos verlo. Así es con el Espíritu. El Espíritu Santo viene del cielo de Dios, no del cielo atmosférico, con el sonido de un fuerte viento. Y llena la casa donde los creyentes están sentados y clamando por su venida (c.f. 4:31).
Vemos el significado del viento en el relato de Lucas. El viento simboliza al Espíritu Santo, quien llena la
casa donde están sentados los creyentes. El sonido del viento señala poder celestial, y su repentina aparición nos habla del comienzo de un acontecimiento sobrenatural.
b. El fuego. “Y se les aparecieron lenguas como de fuego que se dividieron y reposaron sobre cada uno de
ellos”. Este es el cumplimiento de la descripción que Juan el Bautista hace del poder de Jesús: “El os bautizará
en el Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11; Lc. 3:16). A menudo en el Antiguo Testamento el fuego es simbólico de la presencia de Dios, especialmente en relación con la santidad, el juicio y la gracia. Por ejemplo, Moisés oyó la voz de Dios en la zarza ardiendo diciéndole que se quitara sus sandalias (Ex. 3:2–5); el fuego consumió el sacrificio de Elías en el Monte Carmelo (1 R. 18:38); y un carro de fuego llevó a Elías al cielo (2 R. 2:11).
Los creyentes reunidos en Jerusalén no sólo oyen la venida del Espíritu Santo sino que también lo ven tomar forma de lo que pareciera ser lenguas de fuego. El fuego, símbolo de la divina presencia, toma la forma de lenguas que no salen de la boca de los creyentes, sino que reposan sobre sus cabezas. Por lo tanto, no debemos confundir estas lenguas con las “otras lenguas” mencionadas en el versículo siguiente (v. 4), donde Lucas introduce el milagro de hablar en lenguas.
El Espíritu Santo se hace visible con esta manifestación externa y reposa sobre cada uno de los creyentes. No se trata de una ilusión óptica, porque Lucas claramente señala que vieron lenguas de fuego. La venida del
Espíritu da cumplimiento a la profecía de Juan el Bautista de que los discípulos serían bautizados con el Espíritu Santo y con fuego. Así, la venida del Espíritu Santo anuncia una nueva era, porque viene a habitar con los hombres no temporalmente sino para siempre.
c. Las lenguas. “Fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el
Espíritu les daba capacidad”. El texto griego indica que la llenura con el Espíritu ocurrió de una vez por todas; es decir, el Espíritu no vino y se fue, sino que permaneció, como es evidente en el relato de Lucas. Cuando Pedro se dirige al Sanedrín, él está lleno del Espíritu (4:8; y véase también 4:31). Después de su conversión, Saulo recibe el Espíritu Santo (9:17; c.f. 13:9, 52). El derramamiento del Espíritu no es repetitivo porque el Espíritu Santo permanece con la persona que ha sido llenada. Además, va alcanzando en círculos concéntricos a los samaritanos (8:17), a los gentiles (10:44–46), y a los discípulos de Juan el Bautista (19:1–6). Esto ocurre en perfecta armonía con y en cumplimiento del mandamiento de Jesús dado a los apóstoles de ser testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (1:8).
¿Qué efecto produce el Espíritu Santo en todos los creyentes? Lucas dice que “fueron todos llenos”. No debemos limitar el adjetivo todos a los apóstoles, porque Pedro en su sermón habla del cumplimiento de la profecía de Joel y dice que: “Tus hijos e hijas profetizarán” (v. 17; Jl. 2:28). Y cuando más tarde Pedro y Juan hicieron notar a los creyentes lo que los sumos sacerdotes dijeron, todos fueron llenos del Espíritu Santo (4:31). El efecto del hecho de que el Espíritu Santo mora en la persona es que el Espíritu toma plena posesión del
creyente individualmente.
El cristiano que es lleno con el Espíritu llega a ser el portavoz del Espíritu. En el caso de los creyentes en Jerusalén, hablaron en otras lenguas probando así que el Espíritu Santo los controla y los capacita. La palabra lengua es equivalente al concepto lenguaje hablado. Esto se hace evidente en el comentario de Lucas que “cada uno les oía hablar en su propia lengua” (v. 6); las multitudes preguntan, “¿Cómo entonces les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?” (v. 8); y dicen: “Les oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios” (v. 11). Las lenguas que los creyentes hablan son idiomas hablados en regiones desde Persia en el este hasta Roma en el oeste. No podemos tomar por iguales lo que ocurrió en Pentecostés y las lenguas habladas en la iglesia de Corinto. Los que hablan en otras lenguas en Pentecostés no hablan para la edificación de la iglesia (a diferencia del hablar en éxtasis [1 Co. 14]). Mientras que en la iglesia de Corinto el hablar en éxtasis tiene que ser interpretado, en Pentecostés los oyentes no necesitan tener intérpretes porque ellos oyen y pueden entender sus propios idiomas. La habilidad de hablar en lenguas viene de adentro de la persona y es una manifestación interna del Espíritu Santo; el viento y el fuego son manifestaciones externas.

Consideraciones doctrinales en 2:2 y 4 Versículo 2

Aquí encontramos el pleno cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a los apóstoles: “Ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días” (1:5). El día de Pentecostés, el Espíritu llenó a cada uno de los que estaban en la casa sentados, de manera que 120 fueron bautizados espiritualmente (vv. 2, 4). Es muy interesante un estudio del bautismo del Espíritu en Hechos. “Dondequiera se menciona el bautismo en el Espíritu después de Pentecostés, nunca es una experiencia de creyentes que han sido bautizados antes en el Espíritu, sino que se trata de nuevos creyentes que han sido traídos a la fe de Cristo”.
Después del derramamiento del Espíritu Santo sobre los judíos en Jerusalén, Jesús extendió su iglesia agregando a los samaritanos, quienes recibieron el Espíritu (8:16–17). Luego invitó a los gentiles a incorporarse en ella. Esto ocurrió cuando Pedro predicó el evangelio en la casa de Cornelio y el Espíritu Santo se derramó sobre ellos (10:44–45). Finalmente, fueron agregados a la iglesia los discípulos de Juan el Bautista, quienes no habían oído el evangelio y no sabían nada acerca del Espíritu Santo. Pablo los bautizó en el nombre de Jesús y el Espíritu Santo vino también sobre ellos (19:6).
Pedro dijo a la multitud en Jerusalén: “Arrepiéntanse, y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo” (2:38). El estudio de Hechos nos permite llegar a la conclusión de que el bautismo en agua y el bautismo en el Espíritu ocurren normalmente en forma simultánea.
Versículo 4 Aunque algunos estudiosos afirman que el milagro de hablar en lenguas tiene que ver más con los que escuchan que con los que hablan, esta opinión falla en hacer justicia a quienes, llenos del Espíritu Santo, hablaron en lenguas. El contexto del acontecimiento de Pentecostés destaca los comentarios de aquellos que escucharon a los apóstoles hablar en sus idiomas nativos, pero debemos atender a un par de preguntas. Por ejemplo, si decimos que los creyentes, por el poder del Espíritu, hablaron a las gentes en sus propios idiomas, ¿por qué Pedro les habló en un solo idioma (v. 14)? Luego, si la multitud entendió el idioma de Pedro, tendríamos que suponer que estaban también capacitados para conversar en griego, en arameo, o en ambos idiomas. Además, la expresión otras lenguas no se aplica a Judea (v. 9), porque allí se hablaba arameo y griego. Por último, si cada uno de los presentes pudo oír acerca de “las maravillas de Dios” en su propia lengua nativa, ¿por qué algunos se mofaron de los apóstoles diciendo que estaban borrachos? (v. 13) Debido a lo sintético del relato de Pentecostés, quedan algunas preguntas específicas sin contestar. De lo que se nos dice, sólo podemos sacar algunas conclusiones generales.
El Espíritu Santo unifica a los creyentes de diferentes regiones del mundo a través del milagro de hablar a las gentes en el idioma de la fe. Permite que los oyentes superen la confusión de lenguas de Babel (Gn. 11:1–9) al llamarlos a responder al evangelio con arrepentimiento y fe. En medio de una multitud de incrédulos que se mofan del milagro de Pentecostés, tres mil personas se arrepienten, son bautizados y se unen a la iglesia (v. 41).
   Nota: Entre los judíos que vivían en la dispersión, muchos decidieron trasladar su residencia a Jerusalén por propósitos religiosos o educacionales. Así, de numerosos países llegaron para residir allí temporal o permanentemente. Además, un buen número de peregrinos había venido para celebrar la fiesta judía de las cosechas llamada Pentecostés (compare 20:16; 1 Co. 16:8).

El fuego
Como el agua, el fuego es también un símbolo doble: de la palabra y del espíritu.
a)  Como símbolo de la palabra, el fuego significa la potencia que tienen para escudriñar y purificar, Jeremias 23:29. ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?.
b)  Como símbolo del espíritu, el fuego representa tres cosas:
1. La presencia de Dios, Ex. 3:1-6; 1 Reyes 18:38; Isaías 63:9-14; Hechos 2:3.
2. El poder de dios. (Con la misma citas del punto anterior.)
3. El poder purificador de Dios, Isaías 4:4; 6:6-7; Mal. 3:3; Mt. 3:11; He. 12:29.
Nota.- El símbolo no sugiere tanto el poder consumidor del fuego, sino su energía eléctrica. El fuego es una fuerza poderosa que todo lo domina; que alumbra, hermosea y hace toda clase de maravillas. El fuego es un gran agente purificador de la naturaleza. Lo que es el fuego es el mundo natural, lo mismo es el Espíritu Santo en el mundo sobrenatural. (por George Pardington, pagina 212, Libro Doctrina Cristiana).

Pregunta: "¿Cómo es el Espíritu Santo como un fuego?"
Respuesta: La Biblia describe a Dios como un “fuego consumidor” (Hebreos 12:29), así que no es sorpresa que el fuego aparezca a menudo como un símbolo de la presencia de Dios. Los ejemplos incluyen la zarza ardiente (Éxodo 3:2), la gloria Shekinah (Éxodo 14:19; Números 9:15), y la visión de Ezequiel (Ezequiel 1:4). El fuego ha sido muchas veces un instrumento del juicio de Dios (Números 11:1, 3; 2 Reyes 1:10, 12) y una señal de Su poder (Jueces 13:20; 1 Reyes 18:38).
Por razones obvias, el fuego fue un elemento importante para los sacrificios del Antiguo Testamento. El fuego en el altar de las ofrendas fue un regalo divino, habiendo sido encendido originalmente por Dios Mismo (Levítico 9:24). Dios encargó a los sacerdotes que mantuvieran Su fuego encendido continuamente (Levítico 6:13) y les aclaró que el fuego de cualquier otra procedencia era inaceptable (Levítico 10:1-2).
En el Nuevo Testamento, el altar puede servir como una imagen de nuestro compromiso con el Señor. Como creyentes en Jesucristo, somos llamados a ofrecer nuestros cuerpos como “sacrificios vivos” (Romanos 12:1), consumidos por el divino don: el inextinguible fuego del Espíritu Santo. En los inicios del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es asociado con fuego. Juan el Bautista predice que Jesús será El que “os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego.” Cuando el Espíritu Santo inició Su ministerio de morar en la iglesia primitiva, Él eligió aparecer como “lenguas de fuego” que se posaban sobre los creyentes. En ese momento “se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba habilidad para expresarse.” (Hechos 2:3-4).
El fuego es una maravillosa figura de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu es como un fuego en al menos tres maneras: El trae la presencia de Dios, la pasión de Dios, y la pureza de Dios. El Espíritu Santo es la presencia de Dios cuando Él mora en el corazón del creyente (Romanos 8:9). En el Antiguo Testamento, Dios mostraba Su presencia a los israelitas cubriendo el tabernáculo con una apariencia de fuego (Números 9:14-15). Esta presencia de fuego les proporcionaba luz y guía (Números 9:17-23). En el Nuevo Testamento, Dios guía y consuela a Sus hijos con el Espíritu Santo morando en sus cuerpos – el “tabernáculo” y el “templo del Dios vivo” (2 Corintios 5:1; 6:16).
El Espíritu Santo crea la pasión de Dios en nuestros corazones. Después de que los dos discípulos hablaron con el Jesús resucitado, ellos describieron lo que sucedía en su corazón “¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino…?” (Lucas 24:32). Después que los apóstoles recibieron el Espíritu en Pentecostés, tuvieron una pasión que perduró durante toda su vida y los impulsó a hablar la Palabra de Dios con valentía (Hechos 4:31).
El Espíritu Santo produce la pureza de Dios en nuestras vidas. El propósito de Dios es purificarnos (Tito 2:14), y el Espíritu es el agente de nuestra santificación (1 Corintios 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2). Así como el orfebre utiliza el fuego para purgar la escoria de los metales preciosos, así Dios usa al Espíritu para eliminar nuestro pecado de nosotros (Salmo 66:10; Proverbios 17:3). Su fuego limpia y refina.
Pensamiento personal: Por la experiencia vivida de los años dentro de la iglesia de Cristo, tengo la facultad por misericordia de Dios, poder aconsejar a la juventud. Trabaje muchos frente al grupos de jóvenes. Y la prioridad fue siempre buscar el verdadero bautismo del Espíritu Santo en el creyente. Y es una recomendación para el crecimiento del grupo o cuerpo, sin bautismo no hay crecimiento espiritual. Por eso la importancia que cada joven o señorita que llega a la iglesia debe buscar intensamente esta experiencia del bautismo por agua y fuego. Es la única receta para traer mas jóvenes o señoritas a congregarse. El Espíritu Santo convence a las personas y la trae a la casa de Dios. Pero esto no se obtiene fácilmente sino con mucha oración y ayunos, desvelos por la noches, levantándose a orar, a estudiar la palabra de Dios. Querido hermano creyente te invito a este desafío de buscar este encuentro personal con Dios. Dios te bendiga.
(Los títulos 1;2;3 están dentro del tema general.)

Amen para lo gloria de Dios.

sábado, 2 de junio de 2018

"El Fruto De La Super invencibilidad: Es Decir, De Ser Más Que Vencedores".

El Fruto De La Superinvencibilidad: Es Decir, De Ser Más Que Vencedores

“Romanos 8: 38- 39: 37Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 38Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Comentario del los Versic. 37–39. No, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni cosas presentes ni cosas por venir, ni poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Pablo ha estado hablando de aflicción, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada. En ese momento hasta parecía que él no podía pensar en otra cosa que en sufrimientos y dificultades. No obstante, su intención era precisamente la opuesta: deseaba enfatizar que en medio de todas estas desagradables experiencias en realidad, aun por medio de ellas y con su ayuda somos más que vencedores. No solamente que al fin seremos vencedores; no, ya ahora somos supervencedores. Y esto no digámoslo inmediatamente por causa de nuestro maravilloso carácter y resuelto valor.
La Sra. Merrill E. Gates, 1886, estaba en lo cierto cuando escribió:
Tu amor por mí, oh Cristo,
Tu amor por mí,
No el mío por tí, declaro,
No el mío por tí.
Este es mi consuelo pujante,
Este mi gozo cantante,
Tu amor por mi,
Tu amor por mí.

¿Qué quiere el apóstol decir cuando llama a los creyentes “supervencedores”? ¿Quiso decir: ¿Estamos logrando una victoria total y rotunda”? Sin duda quiso decir eso. ¿Pero es eso todo lo que quiso decir? Las palabras, al fin y al cabo, deben interpretarse a la luz de su contexto. El apóstol dice: “en todas estas cosas”. La referencia apunta, por supuesto, a las cosas enumeradas en el v. 35. Otras “cosas” y “seres” serán añadidas en un momento, las que se mencionan en los vv. 38, 39: la muerte, la vida, los ángeles, etc. La estructura de la frase (nótese el porque, actuando en función conjuntiva) indica que éstas también han de añadirse. Finalmente, nótese la estrecha relación que hay entre el v. 28 y el v. 31s. (“porque” v. 29; “qué pues”, v. 31); y también el paralelo “todas las cosas” (v. 28) y “en todas estas cosas” (v. 37).

La semejanza se hace más evidente cuando ambas lineas son colocadas la una bajo la otra: 
Versículo 28

“Y sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas colaboran para bien”

Versículo 37
“No, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio del aquel que nos amó”

Visto que nuestro amor por Dios nace de su amor por nosotros—secuencia que nunca falla, ya que por naturaleza no amamos a Dios—las dos afirmaciones se parecen la una a la otra también en esto. No son iguales, pero ciertamente son similares.
Una vez que esta estrecha relación es captada, comenzamos a entender que lo que Pablo está diciendo es que no se trata solamente de que estas diversas dificultades y fuerzas no nos dañan, sino que en realidad nos ayudan: todas ellas colaboran para bien. Es por esta razón que él afirma que en conexión con ellas somos más que vencedores. Un vencedor es una persona que derrota al enemigo. El que es más que vencedor hace que el enemigo sea una ayuda.
Si alguien conoció el significado de ser “más que vencedores”, esa persona debe haber sido Pablo. ¿No
fue precisamente este apóstol “más que vencido” por Dios ¡De acérrimo perseguidor había pasado a ser un entusiasta partidario! Con razón el podía decir: “Estoy convencido”. ¡¿y cómo no?!
Es necesario agregar algunas palabras respecto a las “cosas” y “entes” enumerados en los vv. 38 y 39. Hay cuatro pares de objetos, más dos que se mencionan por separado.

LOS PARES
1. ni la muerte ni la vida (pueden separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. 
Vista la mención recién hecha de la muerte (v. 36), no sorprende que Pablo haga de esta palabra la primera de la serie. Las preguntas de los salmistas respecto a la posibilidad de comunión entre Dios y el hombre aun después de la muerte—véanse Sal. 6:5; 30:9; 88:10–12—son contestadas aquí (Ro. 8:38, 39) con un determinante “Sí”, una
confesión anticipada ya en el Antiguo Testamento (Sal. 49:5; 73:24, 25; Job 19:26, 17). El hecho que ni aun la
muerte lograría separación entre Dios y el creyente estaba firmemente enclavado en el corazón y la mente de Pablo (2 Co. 5:8; Fil. 1:21–23). Hay confirmación adicional de esto en Lc. 23:43; Jn. 14:2; 17:24; Heb. 12:18–24.
En lo que respecta a la vida, a pesar de todas sus distracciones, especialmente para el incrédulo (Lc. 8:14), la vida del creyente es una vida de comunión con Dios. Tal es la enseñanza de ambos Testamentos (Sal. 23:4; 63:1–8; 73:23; 116:1, 2; Ro. 14:8, 9; Col. 3:1–3).

2. ni ángeles ni principados.
Los ángeles son mencionados con gran frecuencia en ambos Testamentos (Gn. 24:7, 40; 31:11; Sal. 68:17; Mt.
1:20, 24; 2:13, 19; 28:2, 5; Lc. 1:11; Col. 2:18; 2 Ts. 1:7; etc.). Hay un gráfico que resume la doctrina bíblica respecto a los ángeles en C.N.T. sobre Mateo, 729.

En la literatura judía, los principados son ángeles. En Ef. 3:10 es posible que la referencia sea a una categoría de ángeles buenos. Véanse también 1 Co. 15:24; Ef. 1:21; 6:12; Col. 1:16; 2:10, 15. Los Rollos del Mar Muerto contienen también múltiples referencias a los ángeles, especialmente a ángeles malos. Otras referencias se encuentran en el libro pseudoepigráfico de Enoc. Los nombres de ángeles, las diversas categorías en que debían ser clasificados y la adoración que se les debía, eran algunos de los temas sobre los cuales los herejes especialmente centrarían su atención.
Lo que Pablo dice en el presente contexto (Ro. 8:38) es simplemente esto: que aun los ángeles, sean buenos o malos, reales o irreales (estos últimos como referencia a clases de espíritus supra-mundanos que existen solamente en la imaginación de la gente), nada pueden hacer para separarnos del amor de Dios en Cristo.

3. ni cosas presentes ni cosas por venir.
Este agrupamiento es en sentido horizontal de la linea del tiempo.
El tiempo, ya sea presente o futuro—el presente con sus problemas, el futuro con sus presagios—nada puede hacer para separarnos del grande y profundo amor con que Dios en Cristo nos sonríe desde lo alto y que de momento a momento nos confiere, perdonando, ayudando y alentándonos en nuestro camino por la vida.

4. ni lo alto ni lo profundo.
Esta clasificación es en sentido vertical.
¿Nos amenaza el peligro que viene de lo alto? ¿Parece el infierno abrir sus fauces? El hijo de Dios está seguro. Si el tiempo no lo puede separar del amor de Dios, tampoco podrá hacerlo el espacio: ni lo alto, ni lo profundo.

LOS ENTES INDIVIDUALES
1. ni poderes.
En el Nuevo Testamento los poderes son incluidos en los agrupamientos de ángeles. Véanse Ef. 1:21; 3:10;
6:12; Col. 1:16; 2:15; 1 P. 3:22. Es allí donde pertenecen.
La razón por la que Pablo colocó “ni poderes” entre “ni cosas presentes ni cosas por venir” y “ni lo alto ni lo profundo” es algo que desconocemos.

2. ni ninguna otra cosa creada.
El apóstol añade este ente todo abarcador para enfatizar que ninguna cosa de ningún orden será capaz de separar a los creyentes “del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Así, entonces, esta extensa subdivisión de la epístola de Pablo a los romanos, a saber, capítulos 5–8 concluye como comienza: nótese en ambos casos (5:1 y 8:39) la referencia a “nuestro Señor Jesucristo” (o “Cristo Jesús Señor nuestro). Todo lo mencionado debe servir para fortalecer la experiencia de los santos del amor de Dios que es en su Hijo. ¡A Dios sea la gloria!

Lecciones prácticas derivadas de Romanos 8

Romanos 8 es un capítulo muy reconfortante. Contesta algunas de las preguntas más conmovedoras que con
frecuencia formulan los creyentes y los serios inquiridores.
1. Es de común conocimiento que durante las últimas décadas la ciencia y el arte de curar han hecho
grandes progresos. La viruela ha sido casi eliminada. Los antibióticos han salvado muchas vidas que de otra manera, hablando en términos puramente humanos, hubieran sucumbido. La investigación sobre el cáncer está arrojando muchos resultados favorables y podríamos seguir mencionando cosas así. ¿Pero hay también algún remedio para aquellos que se encuentran ante las puertas de la muerte; preocupados, quizá, acerca de la entrada a las galerías de la gloria? Para los hijos de Dios hay una respuesta reconfortante:
V. 1 “Por tanto, ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”. Añadanse también los vv. 33, 34 y 39.

2. Cómo puedo saber si soy creyente? Respuesta:

V. 5 “Porque los que viven conforme a la carne tienen sus mentes puestas en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu tienen sus mentes puestas en las cosas del Espíritu”. En otras palabras, “¿Cuál es tu interés más absorbente—o el mío? ¿Lo es el mundo o lo es el reino de Dios?” Si es el último, entonces seguramente soy un hijo de Dios.

3. Sé que amo a Dios, ¿pero cómo sé que él me ama a mí? Respuesta:
V. 28 “Y sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas colaboran para bien; es decir, a los que son llamados según (su) propósito”. Cf. 1 Jn. 4:19: “Amamos a Dios porque él nos amó primero”.

4. Sé que Dios me ama, ¿Pero cómo puedo saber si lo seguirá haciendo? Respuesta:
V. 38, 39 “Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni cosas presentes ni cosas por venir, ni poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús señor nuestro”.

5. ¿Cómo puedo saber que la oración es eficaz? Respuesta:
Vv. 26, 27 “Y de igual manera el Espíritu también nos ayuda en nuestra debilidad, porque no sabemos qué es lo que debemos orar, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, que él está intercediendo por los santos conforme a la voluntad de Dios”.

6. ¿Cuán ricos seremos en la vida futura? Respuesta:
Vv. 17, 18 “Y si hijos, entonces herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo; ya que el hecho de que ahora compartimos su sufrimiento significa que (más adelante) compartiremos su gloria. Porque considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que será revelada en nosotros”.

7. ¿Cuál es, según Romanos 8, etc., el deber principal del creyente? Respuesta:
V. 14 “Porque todos los que son dirigidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. Andan (v. 4) “no conforme a la carne sino conforme al Espíritu”. Exhiben en sus vidas “el fruto del Espíritu”, respecto al cual véase Gá. 5:22, 23.

8. ¿Tiene el creyente derecho a ser optimista? Respuesta:
Solamente el creyente, de entre toda la gente, tiene ese derecho. Véanse vv. 15–18, comenzando con “Porque no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para llenarse otra vez de temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción …”. Y también los vv. 35–39, comenzando con: “¿Quien nos separará del amor de Cristo?”


Resumen del Capítulo 8
A. A los hijos de Dios todas las cosas colaboran para bien (vv. 1–30).
En estrecha relación con el párrafo que inmediatamente le antecede—nótese “Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor” (7:25)—, como también con el contenido de toda la epístola hasta el presente momento, este capítulo comienza con una exclamación triunfante: “Por tanto, ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”. La expiación vicaria de Cristo ha quitado la culpa de sus pecados. En lo referente al poder contaminador del pecado, la operación eficaz del Espíritu Santo, que mora en sus corazones y que es la influencia gobernante de sus vidas, los “ha hecho libres de la ley del pecado y de la muerte”.
Dios hizo por ellos lo que la ley, operando por sí misma, nunca podría haber logrado. Debido al pecado, la ley era incapaz de salvar. Pero Dios, por medio de la muerte vicaria de su Hijo, obró la salvación. Lo hizo sin sacrificar de manera alguna la demanda de la justicia divina según la cual el pecado no puede dejar de ser castigado. Solamente aquella gente cuya meta es vivir según las demandas del Espíritu pueden derivar consuelo de esta gran verdad. Por otra parte, aquellos que están “en la carne”, es decir, que permiten que sus vidas sean gobernadas básicamente por su naturaleza humana pecadora, no tienen este consuelo. No pueden “agradar a Dios” (vv. 1–8).
Dirigiéndose directamente a su auditorio romana, Pablo prosigue: “Vosotros, por el contrario, no estáis básicamente bajo el control de la naturaleza humana pecaminosa, vosotros sois gobernados por el Espíritu”, queriendo decir: “Por ello vosotros sois, sin duda, capaces de agradar a Dios, y de hecho, [p 332] lo hacéis. (Por supuesto, no necesariamente cada uno de vosotros; si alguna persona revela por medio de sus palabras, acciones y actitudes que no desea ser controlado por el Espíritu, esa persona no pertenece a Cristo)”.
Nuestra meta debe ser, entonces, vivir en armonía con la dirección que el Espíritu da a nuestras vidas. Aquellos que lo hacen, verdaderamente vivirán. Los que no lo hacen están condenados a morir. Todos aquellos, y solamente aquellos, cuyas vidas demuestran que están siendo guiados por el Espíritu, son verdaderamente hijos de Dios.
Estas personas no son esclavos sino hijos. El Espíritu añada su propio testimonio a la voz de su conciencia regenerada, dándoles así una doble seguridad de que son hijos de Dios. Y si son hijos, son entonces también herederos. Su testador es Dios. Es él quien les conferirá una gloriosa herencia, una herencia que compartirán con Cristo, quien, siendo el Hijo de Dios por naturaleza, es el principal heredero. Ellos son coherederos, es decir, herederos junto con él. Los que aquí y ahora comparten los sufrimientos de Cristo compartirán más adelante su gloria (vv. 9–18).
Toda la creación subhumana anhela ardientemente el día de esta gloria futura de los hijos de Dios. Así como el gemir de una mujer que tiene dolores de parto indica a la vez dolor y esperanza, del mismo modo lo indica el gemir de la naturaleza. Es como si toda la creación subhumana estuviese estirando el cuello para ver “la revelación de los hijos de Dios”, porque dicho acontecimiento significará también gloria para toda la creación.
Pero este no es el único gemir que ocurre. “No sólo esto, sino que también nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior mientras esperamos ansiosamente nuestra adopción, es decir, la redención de nuestros cuerpos”.
No sólo gime la naturaleza y gemimos nosotros, sino que “el Espíritu también nos ayuda en nuestra debilidad, porque no sabemos qué es lo que debemos orar, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”.
Tal gemir no es ineficaz. Dios discierne y concede el ardiente deseo del Espíritu para que la plena salvación
para el cuerpo y para el alma nos llegue (vv. 19–27).
Esto se hace cierto no por el amor de los santos por Dios, sino por su amor por ellos: “… a aquellos que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien; es decir, a los que son llamados según su propósito”.
Además, esta cooperación de todas las cosas para bien no es algo que solamente sucede ahora, sino que siempre ha sido así—“Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él pudiera ser el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó—y continuará siendo así: “y a los que justificó, a éstos también glorificó”, es decir “a éstos él muy ciertamente glorificará también”. Tan cierto es este hecho que se usa el tiempo pasado, ¡cómo si ya hubiese sucedido! (vv. 28–30).

B. En consecuencia, ellos son más que vencedores (vv. 31–39)
“Si Dios está por nosotros, ¿quién está contra nosotros?”
Es Dios quien da. Lo cierto es que él ni escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.
“¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?”
Es Dios quien perdona. El borra nuestros pecados tan completamente que ningún cargo sostenible puede ser
presentado contra los escogidos de Dios. “Es Dios quien justifica. ¿Quién es el que condena?” La certeza de que nuestros pecados han sido borrados no está, empero, basada solamente en que Cristo murió por nosotros, sino también en que el Padre además le resucitó de entre los muertos, demostrando con ello que su muerte había sido aceptada como una expiación totalmente adecuada de nuestros pecados. Para que nuestra certeza sea mayor aun somos consolados por el hecho que el Salvador está sentado a la diestra de Dios. Allí él intercede por nosotros, ocupándose sin cesar de que los méritos de su sacrificio nos sean plenamente aplicados (vv. 31–34).
Es claro, entonces, que Cristo nos ama con un amor del que nada ni nadie puede separarnos. Y es por esta razón que somos “más que vencedores”. No solamente vencedores, de modo tal que las fuerzas que se nos oponen quedan neutralizadas, hechas ineficaces, sino más que vencedores, de modo que la muerte, la vida, los ángeles, los principados, las cosas presentes, las cosas por venir, lo alto y lo profundo, sí, aun toda cosa creada que tiene algo que ver con nosotros opera a nuestro favor ya que en todas ellas, y en la manera en que nos afectan, nos es revelado el amor de Dios que es en Cristo, un amor del cual nadie ni nada podrá jamás separarnos (vv. 35–39). (Aporte tomado de: Comentario al nuevo testamento por William Hendriksen exposición de Romanos).

Amén, para la gloria de Dios


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